Te miro desde lejos y contemplo tu característica belleza, el brillo y la luz que emanan de tu ser y me tocan, haciéndom rellenar este folio antaño en blanco, haciendo brotar con fiereza las palabras de mi tintero.
No admirarte ni alabarte son tareas difíciles si hablamos de tí.
Estás ahí, a la vista de todos pero nadie puede alcanzarte, ni tocarte; solo puedo permitirme soñar contigo y dar rienda suelta a mi desbocada e insana imaginación.
Tu piel está marcada por grietas y golpes, pero ninguna de tus cuantiosas heridas es equiparable a tu condena: tu impuesta soledad.
Durante el verano puedo ver cómo te bañas en el mar, tu sutil, sinuoso y elegante movimiento me hipnotiza y me embriaga.
A veces puedo ver cómo me miras, a lo lejos, medio escondida, rodeada de todas tus amigas que, a la par que tú, también me lanzan su mirada.
En ocasiones incluso me sonríes; te observo y te imito, esbozando una mueca, una mueca eufórica y llena de júbilo.
A veces puedo verte algo más cerca, cuando estás menos tímida, pero en cada ocasión que no te encuentro siento que un pedacito de mí ha sido arrancado de cuajo.
La fría noche te envuelve y te llena de misterios que jamás contarás y jamás sabremos, ni yo ni cualquier otro.
Siempre me abandonas y me dejas a mi suerte, privándome de tus encantos una vez más, una noche más, dejando tu halo de calma sobre mi cabeza.
Cada día estás un paso más lejos y yo no puedo evitarlo...
Oh, Luna, ¿qué habré hecho para no mereceros a tí y a tu compañía?
