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miércoles, 8 de enero de 2014

No Somos Nada Pt. 3

PARTES ANTERIORES
24 horas antes…

-Señor Hall, ¿está usted preparado para el viaje? El mítin de Collinsville será mañana pasada la hora del café y ya es prácticamente medianoche; deberíamos partir de inmediato.
El hombre blanco con gafas de sol, traje negro y pelo rubio rapado que acababa de entrar al dormitorio de la casa se llamaba Kirk. Se había dejado bigote y parecía aún más gilipollas de lo que era. A Kirk le pagaban por ser uno de los perritos guardianes de Hall, junto con su compañero Gus, que era latino y no muy diferente a su compañero ni por dentro ni por fuera.

-Chico, te pago para protegerme, no para que me sermonees como si me hubieras parido y criado tú, ¿vale? Estoy preparado, solo estoy ultimando unos detalles, ya sabes, papeleo, discurso y esas cosas que no te interesan. Gus y tú podeis esperarme afuera en la entrada. Saldré en un minuto.

Tras oír esto, Kirk obedeció y se largó a la entrada a esperar al Señor Hall.

Albert Hall se miró en el espejo de su habitación y maldijo en sus adentros los viajes a mitines y demás parafernalia de la vida de un político.
Con la carrera de periodismo y un grado en derecho a las espaldas, el Sr. Hall había abandonado hace mucho tiempo su pueril sueño de ser piloto de carreras ayudado por el carácter de su padre, un viejo infeliz e iracundo que se había matado a trabajar y solo pensaba en el dinero, el prestigio, el éxito, y ese tipo de cosas que él jamás pudo aspirar a tener. De todas formas, el sueldo del portavoz del partido, candidato a las elecciones y próximo nuevo primer ministro –según los baremos y encuestas- no era nada malo y ayudaba cuantiosamente a hacerle olvidar sus metas pasadas junto con el whisky.
Definitivamente Albert no era el mejor de su calaña; llamarle alcohólico, ludópata fumador empedernido, mujeriego infiel y un bastardo hijo de la gran puta era algo acertado e incluso suave para describirle acorde a la realidad. Si pagas a la gente adecuada, puedes hacer que una mierda parezca un caramelo; la apariencia lo es todo. Su mujer y dos hijos se encontraban en unas ‘mini-vacaciones’ aprovechando el viaje electoral de papá –que coincidía con las fechas de su cuadragésimo segundo cumpleaños- que iba a durar su tiempo. El hombre rubio, de ojos azules y rostro afilado siguió con su partida de póker online en su portátil tras cerrar su maletín de trabajo ­y finalizar su pequeña actuación de político con papeleo.

En la entrada, Gus miró el reloj con impaciencia: las doce y cuarto. El Sr. Hall era muy impuntual con sus asuntos –excepto si se trataba de alguna partida de póker o de atender a unas señoritas-, pero pagaba bien, pensaba Gus.
Como para no pagar bien a los dos chicos de gimnasio instruidos para matar y dar su vida por la tuya si ello fuera necesario.
Él y Kirk se encontraban en la puerta de la casas y decidieron sentarse en el porche a esperar a su jefe mientras fumaban un par de cigarrillos.

Al otro lado de la calle, a unos veinte , quizá treinta metros de la casa, la persona que llevaba varios días observando la zona decidió que era el momento.
Cargó su pistola, le puso el silenciador y recitó hacia sus adentros una especie de rezo ininteligible. Al haber concluido, su cara joven y pálida quedó ocultada por un pasamontañas negro.
Hall vivía en una urbanización reciente algo más apartada de la ciudad que el resto. En la zona no había demasiados residentes debido al coste de las casas y el estado de la economía, aunque el viento siempre sopla a favor para algunos, por imposible que parezca.
No fue difícil para la Sombra salir de entre los arbustos en los que estaba  sin ser visto y llegar hasta el gran jardín trasero de la casa de su objetivo tras saltar un par de verjas de las casas colindantes.
El hombre de negro avanzó entre el jardín y subió al tejado como un gato, sin hacer el más mínimo ruido y con una velocidad y un sigilo impropios de un humano. Caminó con delicadeza y elegancia sobre el tejado mientras se fundía con la noche hasta la parte delantera de la casa y sacó su pistola. 

-Recuerdo cuando en el instituto pateé a un muchacho porque se tropezó conmigo y había tenido un día de perros, qué recuerdos –dijo Kirk entre risas-. Tú no tienes cara de haber hecho nunca algo así, tío.
-¿Qué no? La ley de la selva, el macho alpha. Si eres superior, lo demuestras. Tu te pareces a aquél chico de cuarto curso al que zurré cuando…

La rueda izquierda trasera del todoterreno negro que llevaría al Sr. Hall a su mitin reventó.
Gus sacó la pistola y quitó el seguro.
-         Eh, tranquilo vaquero, ¿A dónde vas con la pipa? ¿Explota una rueda y te asustas como una nenaza? No va a matarte. Ese mecánico chapuzas del otro día no sabía lo que hacía, seguro que se pasó de meter aire en la rueda y ahora ha explotado por eso. Va, maníaco, arreglemos este desastre antes de que Albert salga y nos mate.

Guardó la pistola sin volver a poner el seguro y junto con su compañero cambió la rueda del auto.

Una vez hubieron acabado, Gus miró el reloj de nuevo y se puso nervioso; algo no iba bien, era la una menos diez y el Señor Hall estaba tardando demasiado.

Los dos muchachos avanzaron por la gran casa hasta el dormitorio de Albert lo más rápido que pudieron.

-¿Señor Hall?

Kirk tumbó la puerta antes de dar tiempo a que alguien le contestara y actuó de manera acertada porque allí no había nadie; el maletín y el portátil de su jefe ya no estaban.

-A ver, calma. La casa es grande. Tú ve al sótano ,Gus, yo saldré al jardín a ver si está por ahí. Quizá esté tomando su whisky mientras ve las estrellas.

Kirk salió al jardín por la puerta que daba a él desde la cocina y vio al señor Hall atado de pies y manos y amordazado frente a la piscina.
No pudo creer lo que vió y cuando iba a atender a su jefe se cayó una teja y se rompió a su lado.

Al mirar arriba, pudo ver cómo algo se precipitaba sobre él bruscamente.
La Sombra saltó del tejado con un puñal en la mano izquierda dispuesta a clavárselo a Kirk, que lo esquivó de una manera anormalmente veloz para su complexión y peso.
Éste intentó golpear a la Sombra, pero agarró a Kirk de la muñeca, giró su brazo y con un golpe descendente el codo del individuo de negro impactó con una fuerza descomunal contra el de Kirk, haciendo que este gritara de dolor al notar cómo las cosas se salían de su sitio.
Al caer al suelo dolorido, el guardaespaldas intentó hacerse con la pistola que llevaba en la pistolera bajo la chaqueta mientras miraba con pavor al hombre -más parecido a un demonio realmente- que se erguía ante él.
La sacó, apuntó y apretó el gatillo.
El individuo que no se encontraba en el suelo rió, dando así prueba de que también era un hombre.
-         Vaya por Dios, ¿eh? El seguro… qué mala suerte…
La sombra sacó un puñal de su bolsillo del brazo izquierdo y lo hundió en el pecho de Kirk, en el corazón, hasta que su carne rozó el mango. Los ojos del guardaespaldas se salieron de sus órbitas. Tras esto, retiró el puñal y lo limpió con la chaqueta del cadáver. El señor Hall estaba rozando la locura.

Podía oírse a Gus aproximándose y cuando salió al jardín lo primero que vio fue a su excompañero de trabajo Kirk y a su jefe más allá, atado y retorciéndose.
El latino comenzó a sentir náuseas, pero no le impidieron dirigirse hacia su jefe pistola en mano.
Le quitó a Albert la cinta de la boca, la cinta que impedía que Hall se dejara la voz chillando como una niña.

-¡No, no! ¡Gus! –exclamó el político mientras señalaba con la cabeza detrás de Gus- ¡Gírate!

El latino se giró y pulsó el gatillo cuando la mira se encontraba sobre el pecho del asaltante, que cayó al suelo abatido, junto con el casquillo de la bala.

-Gracias a dios, Gus. A saber lo que ese comunista enfurecido y loco me habría hecho…
Gus cortó la cuerda que tenía a su jefe atado de pies.
-Tranquilo señor, es mi trabajo, ahora póngase en pié y llamaremos a…

Un disparo. Dos. Tres. Cuatro.
La camisa de Gus se tintó de rojo mientras empezaba a echar sangre por la boca. La pistola cayó al suelo, unas manos le rodearon el cuello y se lo rajaron en dos con una pequeña cuchilla. La sangre brotó salvajemente sobre Albert Hall, que, incrédulo, caía sobre sus rodillas.
El cuerpo de Gus se desplomó hacia un lado y Albert pudo ver como el hombre de negro se quitaba una sudadera que llevaba para dejar ver que llevaba un chaleco antibalas.

-         Hay que ver las mierdas que pasan, ¿eh?
Albert sollozaba, había llegado a su límite; era demasiado para él.
El hombre se quitó el pasamontañas y la luz de los farolillos del jardín iluminó su cara y eliminó el misterio que le rodeaba.
Los ojos verdes de Crow se clavaban ahora en los de Albert, que rehuyó dicho contacto visual.
Crow cogió del pelo al Sr. Hall y le obligó a mirarle.
-¿sabes qué significa que te deje ver mi cara, verdad? En serio, te estoy dando una oportunidad; no parece que seas tan imbécil como en los anuncios y propagandas de tu partido, ¿o quizá sí?
El hombre que estaba arrodillado empezó a llorar a lágrima viva sin pronunciar una palabra.
-¡Mírame! ¡Mírame ahora y dime por qué estás viendo mi cara! ¡Dilo!

Albert no podía creer lo que les había pasado a sus dos hombres y lo que le estaba pasando a él. Tenía que estar soñando.
-¡He dicho que hables, hijoputa! –gritó Crow- Eres un bastardo inútil.
Golpeó a su rehén con la mano abierta haciendo un revés, girando la cara de Albert.
Al ver que no obtenía respuesta, Crow disparó al hueco que había entre las piernas del Sr. Hall, rozando la bala su tobillo y no impactando por poco.
Solo entonces Albert reaccionó al fin; se percató de que no era el político el que tenía la sartén cogida por el mango esta vez. Gritó mientras el hombre que le amenazaba sonreía.
-¡Voy a morir! –dijo Albert como pudo- ¡Veo tu cara porque voy a morir!
-¿Ves como no eres tan tonto?
Se oyó un golpe seco y Albert Hall se desplomó inconsciente.
Tras limpiar la escena del crimen y recoger los casquillos de bala y meter los cadáveres en bolsas, Crow echó a la parte de atrás del todoterreno el maletín y el portátil robados junto con su propietario. Los cadáveres iban también en la parte trasera, para darle algo de dramatismo al viaje si se despertaba el señor Hall, que iba atado de nuevo, por cierto.
El coche se dirigía a las montañas, en concreto a una gran casa abandonada que había en la parte más espesa y frondosa del bosque.


El reloj dio la una y media.

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