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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Polvo

Ni se te ocurra.
No empieces a leer esto. No inviertas tu tiempo en posar tu visión sobre estas temblorosas líneas, que fueron escritas por mis manos que se agazapaban entre un folio y otro buscando calor y cobijo.
En serio. Esto no es para ti, esto no soy yo. Esto solo es polvo en el viento, destino Kansas.
¿Para qué hacerlo, si no vas a conseguir nada? No te merece la pena. Total, tienes mejores cosas que hacer; siempre puedes ver la telebasura mientras yo hago el equivalente nutriéndome de una mierda de elefante. Puedes salir, puedes hablar, puedes aprovechar tu tiempo, puedes ir de aquí para allá, conocer a alguien, dormir, besar, beber, fumar.
Y sin embargo, aquí estás aún.
Dime, ¿qué tenemos él y yo tengo yo para que no te hayas marchado?
Dímelo, ¿por qué sigues aquí?
Sé que no lo sabes, sé que quieres saberlo y tengo buenas noticias:
No lo sé. Si lo supiera, sabría por qué estoy aquí escribiendo esto, al ritmo que tú lo lees, rápido o lento, con voz tenue y delicada.
Deslizando ahora suavemente tus palabras, que son mías, por el aire con un toque de dulzura. Sería quitarle la magia, ¿no crees? Palabras que lees con calma y pausa, pero aunque no lo quieras, no son nada. No son más que tinta, o pixels, o un símbolo.
Sin embargo, tú le das carácter.
Aunque no sirva de nada.
Aunque no haga nada.
Aunque perdamos el tiempo.
Tú
y yo.

viernes, 17 de octubre de 2014

Nébulo

Recomiendo poner la canción, ya que con ella escribí estas líneas.


Oigo crujidos, un sollozo, un violín del que emana una nota rasgada, que hace que mis poros lloren emoción. Mientras, camino palpando las paredes por el pasillo oscuro -ese que me es tan habitual- en el que no se ve final, ni a un lado ni a otro de él; no obstante, yo ya lo conozco.

Tras el cese de mi andar, cesan de igual manera los sonidos que previamente escuchaba y todo se queda congelado.
Me apoyo en la pared y dejo caer mi cuerpo muy lentamente, y conforme mi espalda va deslizándose hacia abajo, pienso en cómo he llegado aquí (otra vez).

Mis ojos se paran a observar el suelo y mis párpados quedan semiabiertos entre la penumbra.

Entonces, un leve chisporroteo de vida, un halo de luz a penas perceptible ilumina un fondo del pasillo, y creo oír una voz.

Mis oídos se agudizan y cada vez puedo oírlo más y más dentro de mi cabeza, atormentándome.
La curiosidad tira hacia arriba de mi cuerpo y me empuja más allá de lo que conozco, pero yo estoy cansado.
La fatiga se adueña de mi cuerpo y me hace caer, así que voy a rastras hacia tí. Pero hay algo mal, en el suelo hay cristal roto; el mismo cristal de los crujidos, y yo no puedo andar.
Y ahora sangran mis manos, igual que tinta sangra mi alma.
Cuando el espacio entre nosotros es de unos pocos metros, me doy cuenta de que estas manos heridas y con callos, de que estas dos herramientas y compañeras de viaje chirrían, de que estas dos misas manos que a penas se aguantan unidas a estos brazos, torso, mente y alma, no piden mucho;
solo quieren sostenerte, mecerte y afinarte, hacerte sonar.
Que si me vas a arrancar un trozo de mí, yo te arranco una melodía, una simple página para iluminar mi camino pedregoso en busca de tí en busca de mí.




sábado, 11 de octubre de 2014

Afgan



El sol calienta las calles de la ciudad; es martes, quizá miércoles... quien sabe.

Bashir había perdido la noción del tiempo por la falta de sueño y el estado de concentración en el que estaba sumido.
El último día lo había pasado apostado en una posición estratégica en el quinto piso de un edificio limítrofe al extrarradio de la ciudad.
Hacía ya varias horas que el rifle de francotirador de Bashir había pasado a formar parte de él, y no como una extensión de su brazo, si no de su mente, y de sus creencias.
Creía que le estaban invadiendo, que querían arrebatarle lo que era suyo y de sus hijos y hermanos, lo que era suyo y había sido de sus ancestros.
No le quedaba mucho más tiempo allí: los suministros se le acababan, empezaba a sentir que apuntar a una colina durante tanto tiempo era tedioso y tenía que volver a su casa a comprobar el estado de su familia.
A algo menos de kilómetro y medio, sobre una ladera asomaban dos montículos que se confundían entre la escasa vegetación y el color caqui de la arena.

- Pobre diablo, pensará que tiene alguna oportunidad. Estamos aquí desde hace un buen rato y aún no nos ha visto.
- Maybeth T-57, aquí patrulla, tenemos a un francotirador terrorista apuntando hacia un perímetro cercano a nuestra posición desde Foxtrot Jersey 14-92-41 y solicitamos permiso para atacar.
- Aquí Maybeth T-57, muchachos. Si tiene la mira cerca de vosotros, a delante. Corto y cierro.

El hombre de la radio la guardó y sacó sus prismáticos e intentó calcular la distancia a la que estaba su objetivo.

-Vamos, es hora de hacer nuestro trabajo, no te demores en el estudio del tiro. Quiero oir cómo ruge este M107.
-Dame un minuto Jack, solo un minuto.

El hombre que portaba el arma se llamaba Bill, y se había apuntado al ejército con diecisiete años, porque creía que era el deber de su país el brindar la libertad y la democracia a otros países que no las tenían.
Creía que su país era el ejemplo a seguir para el resto de naciones; un ejemplo de superación, de persistencia, de triunfo y gloria.
En Afganistán no había nada de eso, había un gobierno pésimo, un pueblo empobrecido y unos insurgentes que se oponían a la liberación del pueblo afgano. Era este último punto el que Bill no entendía. ¿Cómo podía alguien renunciar a todas las ventajas de la democratización y occidentalización de ese país?
Sería un gran beneficio a largo plazo para los afganos el aceptar la bondad y amistad del Tío Sam creía (o le habían hecho creer).

-Distancia del objetivo: mil quinientos cuarenta y tres metros; leves ráfagas de viento proveniente del este.
-Muy bien, Jack, déjame ajustar la mirilla y casi habremos terminado.


Bashir se incorporó y notó sus piernas entumecidas.
Cogió su mochila y encendió su viejo teléfono móvil.
-Tariq, hijo mío, ¿estáis bien?
-Papi, llevas muchos días fuera de casa, tenemos miedo. Mamá dice que no me preocupe, que tú siempre vuelves...
Bashir comenzó a deambular por el habitáculo mientras hablaba para que sus piernas volvieran a la normalidad.
-Volveré, hijo mío. Si ocurre algo malo u oyes algún ruido, ya sabes qué hacer. Ahora mismo estoy cerca de casa.

Una bala impactó contra la pared sur de la habitación.

Bashir se tiró al suelo y mientras él caía, el teléfono hizo lo mismo.

-¡Papá! -Se oyó desde el teléfono-.

Reptó hacia una pared derruida en la que previamente había estado apostado y pensó en qué hacer, y en por qué no había visto a nadie en todo el tiempo que había estado allí. Maldijo hacia sus adentros a los mil demonios que rondaban su cabeza.

Si salía en ese momento, esos bastardos pintarían la pared con su sangre.
No se le ocurrió nada mejor que rezar para encontrar el valor.

-Joder, Bill, ¿cómo cojones has fallado? Eres un tirador de élite de los Estados Unidos.
-Se ha levantado y ha empezado a moverse erráticamente, joder. Yo no tengo la culpa, has tardado demasiado en hacer el estudio de tiro, imbécil. Ahora no va a salir, ¿crees que sabe de donde viene el disparo?
-Ni de coña. Seguro que no.
Bashir se levantó de golpe y fue hacia la otra esquina de la habitación que ofrecía una mejor cobertura.

- ¡Dispara a ese condenado!

La bala impactó a menos de un metro de él.
Esta vez había podido ver la fuente del disparo y se arrastró hacia la esquina en la que había estado antes.

-Ese bicho atraviesa paredes, tío, ¿a qué esperas?
Así que Bill volvió a disparar, esta vez hacia el muro externo de la esquina y una vez lo hizo, esperó.

Bashir siguió avanzando y se movió a la habitación de al lado, que también daba a la colina y apuntó hacia ella.

-Creo que le has dado, amigo.
Entonces ellos oyeron un disparo y vieron el polvo saltar cerca de ellos, por lo que Bill apuntó hacia la fuente y disparó.
La bala viajó a toda velocidad e impactó en el pecho de Bashir, que abrió su caja torácica a la vez que él gritó.

-¡Bum! Tango abatido. Buen trabajo. Ese cabrón estaba escondido.
Dijo Jack con entusiasmo.

-Maybeth T-57, aquí patrulla. Tango abatido, cambio
-Aquí Maybeth T-57. Estupendo. Procedan a confirmar la baja y si hay alguna identificación en el cuerpo. Corto y cierro.

Jack y Bill bajaron de la colina hacia la ciudad y procedieron a ir hacia el edificio.

Diez minutos antes, el pequeño Tariq había salido corriendo de casa, no sin antes haber pasado por la habitación de Papá.
Cuando iba a doblar la esquina de casa escuchó el primer disparo y se asustó, pero se recordó a sí mismo que había que ser valiente, había que ser como su padre le había enseñado.
Conforme avanzaba hacia la casa de su tío, escuchó otro disparo, esta vez más cercano. Provenía de un edificio a dos manzanas de donde se encontraba.
Pensó que era su padre, así que se acercó aunque pudiera ser peligroso. Hay que ser valiente.
Cuando estaba en la entrada del edificio escuchó otro disparo, y ya subiendo las escaleras escuchó un cuarto y último disparo seguido del eco de un grito.
Su corazón se aceleraba a medida que pensaba en lo que ocurría.
No se detuvo; continuó subiendo las escaleras, mirando piso por piso, habitación por habitación en busca de su padre.

Jack y Bill llegaron al edificio y subieron hasta el quinto piso.
El primero llevaba un rifle de asalto e iba asegurando sus pasos, mientras que Bill llevaba una pistola y cubría la retaguardia a medida que se movían.

Cuando llegaron a la habitación vieron el cuerpo del terrorista destrozado, grabando una imagen muy cruda en su retina; más encrudecida aún si cabe por la presencia de un niño llorando a los pies del cadáver.

Bajaron sus armas y se acercaron a él intentando comunicarse de muy mala manera, pues no conocían el idioma.

-Joder, está al lado del tío que acabas de matar. ¿Qué edad puede tener? ¿Unos ocho años?
Jack silbó y el niño se giró hacia él, pues hasta entonces ni se había percatado de los dos soldados.
Jack le hizo el gesto de que se acercase y sacó una piruleta.
-Ven, chico, es tuya. Sólo para tí. Apuesto a que nunca las has probado -espetó con una sonrisa-.

El niño se acercó y cogió la piruleta entre lágrimas y dijo algo a los hombres, algo que no entendieron.

Abrazó a Jack mientras Bill contemplaba la tierna escena que tenía lugar a su lado.
-Vamos Bill, tú tambien tienes algún dulce. Dáselo al muchacho.
Tariq miró de reojo cómo el otro hombre se acercaba a él y esperó.
Cuando estaba justo a su lado, sacó lo que llevaba en el bolsillo.
-Mira, él también tiene algo para nosotros, Jack. Qué sorpresa.
Tariq sacó un pequeño cuchillo que llevaba y lo clavó en el cuello del hombre que tenía justo delante,el hombre con la pistola grande, que cayó al suelo emitiendo un leve quejido.
Antes de que Bill pudiera hacer mano de su pistola, el niño se tocó en la parte trasera de su pantalón y sonó un 'clic'.
Entonces abrió la boca y dijo algo que entendieron a la perfección.
-Valiente.
Alzó la granada sobre su cabeza y Bill -que había quedado petrificado por tal acción en un niño- comenzó a moverse.
Fue en vano.



sábado, 23 de agosto de 2014

Apparet

Lo verás.
Te darás cuenta, al final,
de que nada es lo que parece.
Todo es una mentira
Con su intrínseca máscara de amargura.
Tus manos se agrietarán
Al tiempo que tus párpados se cierran.
Te rodearán el polvo y la nostalgia
Y buscarás en lo nuevo lo viejo
y tu vista se hará turbia.
Aquí los dados están trucados

Pero debes quedarte a jugar.

miércoles, 13 de agosto de 2014

No Somos Nada: Sobre Keevan Draught

Y allí estaba él.
Y todo a su alrededor estaba envuelto por un halo lúgubre y perturbador. La silla en la que se sentaba aguantaba mucho más que su peso en libras o kilogramos; cargaba con un lastre.
Cargaba con unos años duros, repletos de dolor, con una vida con baches, unos pies polvorientos y con callos, unos ojos azules fríos y templados a fuego lento como el acero; forjados por su corazón abrasante corrompido por la venganza.
Allí, bajo esa piel de lobo y ese pelo cobrizo, en el fondo de esa presencia llacía Keevan Draught, y si hubiese  dependido de su voluntad jamás habríamos llegado hasta este punto, pero lo hecho hecho está.
Las cartas están sobre la mesa y bañadas de sangre.

viernes, 18 de julio de 2014

Ambrosía

Atisbo el horizonte. 
Mirando sin mirar 
en la lejanía del mar que hay a mis pies;
 bañandome en el eco
 de las olas al romper.
Quizá tu estés haciendo lo mismo.
Será voluntad del azar
que -nadando como peces-

 nuestras miradas se crucen 
por un fugaz 
milisegundo
en este vasto océano lleno de

pirañas
que no es mas que una mota 
de polvo
 en el frío y oscuro vacío 
del universo.

miércoles, 2 de julio de 2014

¡Escribe!

Téjelo todo bien, con pulso de cirujano y la delicadeza
 de una bailarina de ballet;
 haz que sílaba a sílaba las palabras broten de tu bolígrafo
 hechas tinta y ansíen salir volando de su prisión de papel
 para suavemente deslizarse por el aire hasta quedarse
 grabadas a fuego en mi retina.
Hagas lo que hagas hazlo con alma, vúelcate en ello de lleno.
 Que cuando acabes estés orgulloso/a de lo que has escrito,
 de lo que hay ante tí, pues has hecho magia.
Has convertido un folio antaño en blanco y silencioso
 en algo vivo y tangible; has sido Dios, has creado un microuniverso.
Eso -has de saber-  no lo hace cualquiera.
¡Escribe!




martes, 24 de junio de 2014

Exhalo

Ahora quiero sentirte cerca, quiero que seamos uno.
Quiero que el alcohol entorpezca mis sentidos y así tenga que volver a echarte un segundo vistazo, o un segunda tacto... inclusive un segundo polvo. Llevarte a la luna;ser tu némesis y tu salvador; la génesis de tu pasión y el apocalipsis de tu incertidumbre y tus penas.
Podría observarte una vez más; examinarte hasta llegar más allá de ti, que al exhalar cada sílaba imagine una pluma balanceandose de lado a lado con ternura y delicadeza mecida por el viento.
Pegar nuestras miradas, zambullirme en tu piel de fino tacto y cálida emoción.
Un discreto murmuro hay en tí.
Por querer
quiero que te enteres
que te quiero entera. 

miércoles, 4 de junio de 2014

Sobre Ascuas

No podía abrir los ojos del todo. El halo que iluminaba su rostro era tenue, pero aun así le resultaba imposible dejar su iris al descubierto.

Al final lo consiguió y pudo discernir el habitáculo en el que se encontraba: una sala oscura con una pequeña ventana por la que entraba el primer rayo de sol del mes de Junio. La ventana era en realidad minúscula, más bien era una oquedad del tamaño de dos ladrillos superpuestos el uno sobre el otro.


Al principio no veía nada, pero con el movimiento de las manecillas el sol ascendió y ya la luz no le cegaba.
Pudo ver árboles, casas, gente, parques, coches... todo ello ardiendo, consumiéndose por completo sin dejar rastro alguno, conviertiéndose en amarga y cruel ceniza; ceniza que, con el tiempo, haría brotar todo de nuevo haciéndolo crecer más rápido, más fuerte y durante más tiempo.


miércoles, 28 de mayo de 2014

Corazón Pétreo

Ahora me hallo sumido por la apatía,
por mi inherencia con una ilusión tardía.

Puede que bajo el pecho ya solo tenga una piedra
y entre todas las grietas mis sueños sean una hiedra.


*Crujidos*









jueves, 17 de abril de 2014

Lucero

Te escribo esto y sé que no me estás leyendo, y que jamás lo harás.
Te miro desde lejos y contemplo tu característica belleza, el brillo y la luz que emanan de tu ser y me tocan, haciéndom rellenar este folio antaño en blanco, haciendo brotar con fiereza las palabras de mi tintero.
No admirarte ni alabarte son tareas difíciles si hablamos de tí.
Estás ahí, a la vista de todos pero nadie puede alcanzarte, ni tocarte; solo puedo permitirme soñar contigo y dar rienda suelta a mi desbocada e insana imaginación.
Tu piel está marcada por grietas y golpes, pero ninguna de tus cuantiosas heridas es equiparable a tu condena: tu impuesta soledad.
Durante el verano puedo ver cómo te bañas en el mar, tu sutil, sinuoso y elegante movimiento me hipnotiza y me embriaga.
A veces puedo ver cómo me miras, a lo lejos, medio escondida, rodeada de todas tus amigas que, a la par que tú, también me lanzan su mirada.
En ocasiones incluso me sonríes; te observo y te imito, esbozando una mueca, una mueca eufórica y llena de júbilo.
A veces puedo verte algo más cerca, cuando estás menos tímida, pero en cada ocasión que no te encuentro siento que un pedacito de mí ha sido arrancado de cuajo.
La fría noche te envuelve y te llena de misterios que jamás contarás y jamás sabremos, ni yo ni cualquier otro.
Siempre me abandonas y me dejas a mi suerte, privándome de tus encantos una vez más, una noche más, dejando tu halo de calma sobre mi cabeza.
Cada día estás un paso más lejos y yo no puedo evitarlo...

Oh, Luna, ¿qué habré hecho para no mereceros a tí y a tu compañía?

miércoles, 26 de febrero de 2014

Crudo

¿De quién me fío?
¿En qué confío?
Cada vez hay menos aire,
más fábricas, más ruido.

Ahora hay menos personas,
más prejuicios, más fobias;
también hay locos -como yo-
que se bajan de la noria.

Soy, solo soy.
Solo soy solo.

martes, 14 de enero de 2014

.onreivnI

Los árboles desnudos nos observan; sus hojas ya se precipitaron al vacío con la esperanza de ser columpiadas por el viento, de llegar al horizonte en busca de un mañana mejor y acabaron tendidas en el suelo pidiendo clemencia al agua para no ser arrastradas cruelmente y ahogadas.

El invierno llegó impredecible y veloz hasta nosotros arrasando con todo, creando mastodónticas capas de nieve en montañas e inconmensurables destrozos en cultivos y cosechas.
La ciudad llora nostálgica las estaciones pasadas; las calles ahora cuentan con el vacío por rey, los charcos como habitantes y la vacía oscuridad como ley.
Los pájaros huyen también en busca del horizonte, dejándonos a nuestra suerte sin sus cantos y, en ausencia de estos, los árboles al no tener ya música que los deleite emiten un silencioso estruendo con sus ramas mientras se mecen que bien podría ser un sollozo, un lamento, un Requiem.

Y el cielo se cubre de gris, las nubes se agrupan y nos entristecen con sus tenues llantos y la tormenta no parece quedar mucho más allá de la vuelta de la esquina.
Sin embargo el invierno es mi amigo y el frío mi hermano pese a haber visto el mundo en el solsticio de primavera. Los polos opuestos se atraen, creo, o quiero creer.
Pero más allá de metáforas…
Me gusta el frío, el estar bajo cero porque es cuando más cerca podemos sentirnos, cuando al margen de las hogueras del hogar se prende el fuego que habita en nosotros, nos buscamos y encontramos.
Me gusta que el cielo se tiña de gris oscuro porque así puedes darle luz y color.
Si el sol no brilla lo harás tú.

-¿Así?

-Sí. Así.

Es invierno allá afuera, pero, ¿por qué ha de serlo en nuestras vidas?

miércoles, 8 de enero de 2014

No Somos Nada Pt. 3

PARTES ANTERIORES
24 horas antes…

-Señor Hall, ¿está usted preparado para el viaje? El mítin de Collinsville será mañana pasada la hora del café y ya es prácticamente medianoche; deberíamos partir de inmediato.
El hombre blanco con gafas de sol, traje negro y pelo rubio rapado que acababa de entrar al dormitorio de la casa se llamaba Kirk. Se había dejado bigote y parecía aún más gilipollas de lo que era. A Kirk le pagaban por ser uno de los perritos guardianes de Hall, junto con su compañero Gus, que era latino y no muy diferente a su compañero ni por dentro ni por fuera.

-Chico, te pago para protegerme, no para que me sermonees como si me hubieras parido y criado tú, ¿vale? Estoy preparado, solo estoy ultimando unos detalles, ya sabes, papeleo, discurso y esas cosas que no te interesan. Gus y tú podeis esperarme afuera en la entrada. Saldré en un minuto.

Tras oír esto, Kirk obedeció y se largó a la entrada a esperar al Señor Hall.

Albert Hall se miró en el espejo de su habitación y maldijo en sus adentros los viajes a mitines y demás parafernalia de la vida de un político.
Con la carrera de periodismo y un grado en derecho a las espaldas, el Sr. Hall había abandonado hace mucho tiempo su pueril sueño de ser piloto de carreras ayudado por el carácter de su padre, un viejo infeliz e iracundo que se había matado a trabajar y solo pensaba en el dinero, el prestigio, el éxito, y ese tipo de cosas que él jamás pudo aspirar a tener. De todas formas, el sueldo del portavoz del partido, candidato a las elecciones y próximo nuevo primer ministro –según los baremos y encuestas- no era nada malo y ayudaba cuantiosamente a hacerle olvidar sus metas pasadas junto con el whisky.
Definitivamente Albert no era el mejor de su calaña; llamarle alcohólico, ludópata fumador empedernido, mujeriego infiel y un bastardo hijo de la gran puta era algo acertado e incluso suave para describirle acorde a la realidad. Si pagas a la gente adecuada, puedes hacer que una mierda parezca un caramelo; la apariencia lo es todo. Su mujer y dos hijos se encontraban en unas ‘mini-vacaciones’ aprovechando el viaje electoral de papá –que coincidía con las fechas de su cuadragésimo segundo cumpleaños- que iba a durar su tiempo. El hombre rubio, de ojos azules y rostro afilado siguió con su partida de póker online en su portátil tras cerrar su maletín de trabajo ­y finalizar su pequeña actuación de político con papeleo.

En la entrada, Gus miró el reloj con impaciencia: las doce y cuarto. El Sr. Hall era muy impuntual con sus asuntos –excepto si se trataba de alguna partida de póker o de atender a unas señoritas-, pero pagaba bien, pensaba Gus.
Como para no pagar bien a los dos chicos de gimnasio instruidos para matar y dar su vida por la tuya si ello fuera necesario.
Él y Kirk se encontraban en la puerta de la casas y decidieron sentarse en el porche a esperar a su jefe mientras fumaban un par de cigarrillos.

Al otro lado de la calle, a unos veinte , quizá treinta metros de la casa, la persona que llevaba varios días observando la zona decidió que era el momento.
Cargó su pistola, le puso el silenciador y recitó hacia sus adentros una especie de rezo ininteligible. Al haber concluido, su cara joven y pálida quedó ocultada por un pasamontañas negro.
Hall vivía en una urbanización reciente algo más apartada de la ciudad que el resto. En la zona no había demasiados residentes debido al coste de las casas y el estado de la economía, aunque el viento siempre sopla a favor para algunos, por imposible que parezca.
No fue difícil para la Sombra salir de entre los arbustos en los que estaba  sin ser visto y llegar hasta el gran jardín trasero de la casa de su objetivo tras saltar un par de verjas de las casas colindantes.
El hombre de negro avanzó entre el jardín y subió al tejado como un gato, sin hacer el más mínimo ruido y con una velocidad y un sigilo impropios de un humano. Caminó con delicadeza y elegancia sobre el tejado mientras se fundía con la noche hasta la parte delantera de la casa y sacó su pistola. 

-Recuerdo cuando en el instituto pateé a un muchacho porque se tropezó conmigo y había tenido un día de perros, qué recuerdos –dijo Kirk entre risas-. Tú no tienes cara de haber hecho nunca algo así, tío.
-¿Qué no? La ley de la selva, el macho alpha. Si eres superior, lo demuestras. Tu te pareces a aquél chico de cuarto curso al que zurré cuando…

La rueda izquierda trasera del todoterreno negro que llevaría al Sr. Hall a su mitin reventó.
Gus sacó la pistola y quitó el seguro.
-         Eh, tranquilo vaquero, ¿A dónde vas con la pipa? ¿Explota una rueda y te asustas como una nenaza? No va a matarte. Ese mecánico chapuzas del otro día no sabía lo que hacía, seguro que se pasó de meter aire en la rueda y ahora ha explotado por eso. Va, maníaco, arreglemos este desastre antes de que Albert salga y nos mate.

Guardó la pistola sin volver a poner el seguro y junto con su compañero cambió la rueda del auto.

Una vez hubieron acabado, Gus miró el reloj de nuevo y se puso nervioso; algo no iba bien, era la una menos diez y el Señor Hall estaba tardando demasiado.

Los dos muchachos avanzaron por la gran casa hasta el dormitorio de Albert lo más rápido que pudieron.

-¿Señor Hall?

Kirk tumbó la puerta antes de dar tiempo a que alguien le contestara y actuó de manera acertada porque allí no había nadie; el maletín y el portátil de su jefe ya no estaban.

-A ver, calma. La casa es grande. Tú ve al sótano ,Gus, yo saldré al jardín a ver si está por ahí. Quizá esté tomando su whisky mientras ve las estrellas.

Kirk salió al jardín por la puerta que daba a él desde la cocina y vio al señor Hall atado de pies y manos y amordazado frente a la piscina.
No pudo creer lo que vió y cuando iba a atender a su jefe se cayó una teja y se rompió a su lado.

Al mirar arriba, pudo ver cómo algo se precipitaba sobre él bruscamente.
La Sombra saltó del tejado con un puñal en la mano izquierda dispuesta a clavárselo a Kirk, que lo esquivó de una manera anormalmente veloz para su complexión y peso.
Éste intentó golpear a la Sombra, pero agarró a Kirk de la muñeca, giró su brazo y con un golpe descendente el codo del individuo de negro impactó con una fuerza descomunal contra el de Kirk, haciendo que este gritara de dolor al notar cómo las cosas se salían de su sitio.
Al caer al suelo dolorido, el guardaespaldas intentó hacerse con la pistola que llevaba en la pistolera bajo la chaqueta mientras miraba con pavor al hombre -más parecido a un demonio realmente- que se erguía ante él.
La sacó, apuntó y apretó el gatillo.
El individuo que no se encontraba en el suelo rió, dando así prueba de que también era un hombre.
-         Vaya por Dios, ¿eh? El seguro… qué mala suerte…
La sombra sacó un puñal de su bolsillo del brazo izquierdo y lo hundió en el pecho de Kirk, en el corazón, hasta que su carne rozó el mango. Los ojos del guardaespaldas se salieron de sus órbitas. Tras esto, retiró el puñal y lo limpió con la chaqueta del cadáver. El señor Hall estaba rozando la locura.

Podía oírse a Gus aproximándose y cuando salió al jardín lo primero que vio fue a su excompañero de trabajo Kirk y a su jefe más allá, atado y retorciéndose.
El latino comenzó a sentir náuseas, pero no le impidieron dirigirse hacia su jefe pistola en mano.
Le quitó a Albert la cinta de la boca, la cinta que impedía que Hall se dejara la voz chillando como una niña.

-¡No, no! ¡Gus! –exclamó el político mientras señalaba con la cabeza detrás de Gus- ¡Gírate!

El latino se giró y pulsó el gatillo cuando la mira se encontraba sobre el pecho del asaltante, que cayó al suelo abatido, junto con el casquillo de la bala.

-Gracias a dios, Gus. A saber lo que ese comunista enfurecido y loco me habría hecho…
Gus cortó la cuerda que tenía a su jefe atado de pies.
-Tranquilo señor, es mi trabajo, ahora póngase en pié y llamaremos a…

Un disparo. Dos. Tres. Cuatro.
La camisa de Gus se tintó de rojo mientras empezaba a echar sangre por la boca. La pistola cayó al suelo, unas manos le rodearon el cuello y se lo rajaron en dos con una pequeña cuchilla. La sangre brotó salvajemente sobre Albert Hall, que, incrédulo, caía sobre sus rodillas.
El cuerpo de Gus se desplomó hacia un lado y Albert pudo ver como el hombre de negro se quitaba una sudadera que llevaba para dejar ver que llevaba un chaleco antibalas.

-         Hay que ver las mierdas que pasan, ¿eh?
Albert sollozaba, había llegado a su límite; era demasiado para él.
El hombre se quitó el pasamontañas y la luz de los farolillos del jardín iluminó su cara y eliminó el misterio que le rodeaba.
Los ojos verdes de Crow se clavaban ahora en los de Albert, que rehuyó dicho contacto visual.
Crow cogió del pelo al Sr. Hall y le obligó a mirarle.
-¿sabes qué significa que te deje ver mi cara, verdad? En serio, te estoy dando una oportunidad; no parece que seas tan imbécil como en los anuncios y propagandas de tu partido, ¿o quizá sí?
El hombre que estaba arrodillado empezó a llorar a lágrima viva sin pronunciar una palabra.
-¡Mírame! ¡Mírame ahora y dime por qué estás viendo mi cara! ¡Dilo!

Albert no podía creer lo que les había pasado a sus dos hombres y lo que le estaba pasando a él. Tenía que estar soñando.
-¡He dicho que hables, hijoputa! –gritó Crow- Eres un bastardo inútil.
Golpeó a su rehén con la mano abierta haciendo un revés, girando la cara de Albert.
Al ver que no obtenía respuesta, Crow disparó al hueco que había entre las piernas del Sr. Hall, rozando la bala su tobillo y no impactando por poco.
Solo entonces Albert reaccionó al fin; se percató de que no era el político el que tenía la sartén cogida por el mango esta vez. Gritó mientras el hombre que le amenazaba sonreía.
-¡Voy a morir! –dijo Albert como pudo- ¡Veo tu cara porque voy a morir!
-¿Ves como no eres tan tonto?
Se oyó un golpe seco y Albert Hall se desplomó inconsciente.
Tras limpiar la escena del crimen y recoger los casquillos de bala y meter los cadáveres en bolsas, Crow echó a la parte de atrás del todoterreno el maletín y el portátil robados junto con su propietario. Los cadáveres iban también en la parte trasera, para darle algo de dramatismo al viaje si se despertaba el señor Hall, que iba atado de nuevo, por cierto.
El coche se dirigía a las montañas, en concreto a una gran casa abandonada que había en la parte más espesa y frondosa del bosque.


El reloj dio la una y media.