Mientras aquella noche
caminaba aturdido por las calles volviendo de una fiesta, el lejano bullicio
del gentío de las vías principales y el asfalto me arropaban y hacían de únicos
compañeros entre callejuela y callejuela de regreso a casa.
La ciudad latía a
medianoche; los pocos que osaban deambular por la zona que recorría se movían frenéticamente en dirección
a dondequiera que les deparara su porvenir.
Algunos vagabundos frotaban sus manos y se
hacían un ovillo mientras otros intentaban matar al frío invernal y algún que
otro recuerdo ya borroso con alcohol como arma. Todos tenemos nuestros
demonios: espinas clavadas en el alma que con el tiempo se asientan y clavan
cada vez más, que quizá nunca podamos arrancar definitivamente, que pese a
nuestro incansable esfuerzo jamás desaparecerán.
Cansado ya de andar me
paré en seco y mis ojos se perdieron en el cielo.
Miré y la vi, polvorienta, expectante, solitaria; único
amparo y guía de cuantos vivían con la botella como pareja, pues el cielo sería
su última parada.
De repente empezó a
llover, como si la luna hubiera escuchado las oraciones y llantos de los que
sufrían en silencio y, compareciente, se unía a ellos en un sollozo de grandes dimensiones.
Corrí cuanto mi evidente
embriaguez me permitió, hasta que encontré un sitio donde resguardarme.
Entré en un callejón con
un pequeño techado metálico y al girarme me inquieté.
Recordaba aquél callejón con
una puerta roja al fondo... yo ya había estado ahí antes. Tenía alguna imagen en
mente.
No sabía lo que hacía y me
dirigí hacia la puerta; tenía frío, mucho frío y llovía a cántaros. Mis pies
estaban húmedos y mis zapatos embarrados.
Creo que llegué a la peor
zona de la ciudad, maldición, ¿qué cojones hacía ahí?
Giré el pomo y las
bisagras chirriaron a medida que abría la puerta hacia dentro.
Había algo que me atraía y que me invitaba a entrar, que me resultaba cercano y familiar…
Cuando di los primeros
pasos al entrar la puerta se cerró de golpe y quedé literalmente a oscuras.
Rápidamente me volví a la
puerta pero no podía abrirla, parecía que la hubieran cerrado desde fuera.
No puede ser, no había
nadie en el callejón. Imposible.
Empecé a oír una voz a mis
espaldas y me apresuré a hurgar mi bolsillo izquierdo del pantalón en busca de un
mechero.
Lo intenté encender
torpemente y cayó al suelo. Maldecí en mis adentros al alcohol que había
bebido en la fiesta.
Finalmente dí con el
encendedor y pude alumbrar un poco la habitación en la que me encontraba; con
un armario en una esquina, un espejo en otra y otra puerta al fondo de la sala.
La sala tenía varios pósters de películas y bandas. El lugar era extraño,
ya nada me resultaba familiar.
Volví a oír la voz. Era ronca, intranquila; se aproximaba.
Me metí en el armario y me
mantuve en silencio y lo más quieto y rígido que pude. Pese al frío que tenía
momentos antes empecé a sudar.
La voz entró en la
habitación y yo me estremecía del miedo.
En ese momento ocurrió lo
impensable.
Noté una exhalación
caliente sobre mi nuca. Mi corazón bombeaba la sangre de mi cuerpo a mil por
hora. Me tocó la cara con su fría y agrietada mano y dijo:
-Shhh... No correr, no esconder. No poder, no ya.

Esta muy bien, cuidado con la puntuación de algunas partes, pero tendremos que esperar a la resolución de la historia para ver que tal es en conjunto.
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