No podía abrir los ojos del todo. El halo que iluminaba su rostro era tenue, pero aun así le resultaba imposible dejar su iris al descubierto.
Al final lo consiguió y pudo discernir el habitáculo en el que se encontraba: una sala oscura con una pequeña ventana por la que entraba el primer rayo de sol del mes de Junio. La ventana era en realidad minúscula, más bien era una oquedad del tamaño de dos ladrillos superpuestos el uno sobre el otro.
Al principio no veía nada, pero con el movimiento de las manecillas el sol ascendió y ya la luz no le cegaba.
Pudo ver árboles, casas, gente, parques, coches... todo ello ardiendo, consumiéndose por completo sin dejar rastro alguno, conviertiéndose en amarga y cruel ceniza; ceniza que, con el tiempo, haría brotar todo de nuevo haciéndolo crecer más rápido, más fuerte y durante más tiempo.

Tu mejor texto, sin duda.
ResponderEliminarY quizá el más "abstracto".
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