Tiene fauces de felino
y es de los que no hay quien calle;
quien se cruza en su camino
cae rendido ante su sable.
Nadie nunca pone en duda
las historias que se cuentan
de su lánguida figura,
de su cruel batalla en Cuenca.
Volvió entero y victorioso
mientras cientos le alababan;
él lucía la piel de un oso,
otra más de sus hazañas.
El buen duque de Manrique
dejó gran huella en España;
con su sable y sin palique
cien muertos a sus espaldas.

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