¿Nunca has sentido la música dentro de tí?
¿Acaso nunca has notado ese nudo en la garganta al querer cantar cuando debes estar callado, al querer tocar y no poder hacerlo?
Cuando nuestro cuerpo está hambriento y falto de nutrientes hace sonar nuestras tripas, hace que una manada de lobos aullen y rujan con fiereza, clamando a viva voz que su apetito sea saciado.
Cuando tenemos sed, nuestra garganta se reseca, como si hubiésemos tragado arena; nuestro cerebro nos transporta al más abrasador de los desiertos, nos hace sentir náuseas si la situación se agrava.
Cuando tenemos calor sudamos, cuando tenemos frío tiritamos.
Pero, cuando lo que nos falta es música, ¿qué sentimos?
Yo siento que me falta el aire, que me falta la comida, el agua, me falta todo y necesito llenar el vacío que se crea en mí de manera muy urgente.
Las notas afloran de la nada y resuenan en mis oídos, se apoderan de mí y mueven mis pies y manos a su antojo, yo sólo soy un títere a merced de melodías y ritmos que deambulan sin rumbo en mi cabeza, esperando que los plasme, que los lance al aire.
Podemos sobrevivir tres días sin beber agua, treinta días sin probar bocado, hasta morir.
La música quizá no me alimente, quizá no me mate y en su ausencia siga vivo, más dejaría de ser persona como tal para convertirme en un ser errante.
Quítenme el sustento, quítenme la vida, pero no me quiten mi música.

Con música vives. Sin música, vivir es solo no morir.
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