Estás aquí, a mi lado, con la cabeza recubierta por una
bolsa opaca de tela negra, maniatado a una silla y totalmente a mi merced.
Tu cuerpo no es inerte por decisión mía, tu corazón sigue
latiendo y tus nerviosos suspiros entrecortados emanan de tu boca porque así lo
dicto.
Tus gritos solo alimentan mi insaciable y demoníaca sed de
sangre, surgida del más oscuro e inhumano de mis adentros. Te haré un breve
resumen de tu porvenir: Serás desnudado y te haré creer que el hielo quema y las
brasas son capaces de mojarte. Menguaré tu moral hasta que creas que tu propia
madre podría ser la culpable de tan trágico acontecimiento.
Decidí no amordazarte para que te desahogaras y entrases en
calma; tendremos todo el tiempo del mundo para divertirnos. Serás mi muñeco, mi
títere.
Ahora mismo te tengo encerrado entre mis garras y por mucho
que lo niegues o desees que no ocurra, tu existencia y tu camino acabarán aquí. Tu lenta agonía quedará plasmada en estas cuatro paredes pincelada a pincelada.
Cada palabra, cada burla y cada acto denigrante serán
cosidos en tu piel con mi acero. Hundiré mi puñal en agua, acto seguido en sal
y comenzaré con tu “retoque”.
Te perfilaré y modelaré como el mejor de los escultores;
haré de ti una obra de arte, con mi sello y distintivo.
Derramaré con total pasividad y parsimonia cera caliente
sobre tu cuerpo hasta que me jures en hebreo que eres hijo de un rey con la
cabeza entre las nalgas
y que posees tierras en Marte.
Una vez ya hubieras deseado no haber nacido te quitaré
aquello que impide que mis ojos se claven en los tuyos –que gritarán
misericordia y compasión- como alfileres al rojo vivo sobre tu pecho y te juzguen
con total autoridad.
Cada vez que excuses tus actos te cortaré un dedo, cada vez
que llores, me hables de tu familia o de que lo sientes, tendrás la misma
fortuna.
El último plato será el más apetitoso de todos: mi puñal
–también al rojo- deambulará a escasos centímetros de tu cuerpo, rozando tus
heridas repletas de sal para hacerte dudar de cual será mi último paso.
Sacaré tus ojos de sus cuencas como si estuviera destapando
una botella de champán; saldrán disparados y ya habrás perdido todo atisbo de
cordura. El metal candente al entrar en contacto con tus globos oculares emitirá
un silbido discreto, como el sonido de una gota de agua al caer sobre una piedra
humeante.
Y cuando me pidas a viva voz que te mate, que acabe con tu
mísera existencia y ponga fin a tu vida de gusano, te dejaré ahí, temblando de
miedo.
Podría volver en cualquier momento y hacerte mil cosas
peores, pero no te daré esa satisfacción. Caerá el velo de la muerte sobre tí, serás merced
del tiempo y de tu locura.
Ahora ponte cómodo. Viaje de ida.
-Tira al suelo la silla de una patada y se oye una risa haciendo
contrapunto a un gemido de puro terror-.

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