Su cara tenía una simetría
envidiable, increíblemente perfecta, y que daba la impresión de que su rostro
era una escultura en suave mármol blanco. Él no albergaba la más mínima duda de
que cualquier escultor se pondría manos a la obra en el mismo instante en que
la viera, de que cualquier musa griega moriría de envidia al verla y se haría
añicos en el acto.
Pese a sus muchos intentos, él aún no había encontrado una
manera coherente y con palabras para describir sus ojos ya que, se ahogaba en
ellos.
Sus labios le quitaban el aliento, apagaban el fuego más
vivo que había en sus adentros (ella era su Agua).
Entre sien y sien tenía su voz, que resonaba en su cabeza
con palabras ininteligibles, llamándolo, clamando atención a cada momento.
Cuando ya se sintió abrumado por el enjambre de pensamientos
que recorrían su mente en aquellos instantes, lo cesó; dejó de pensar en
palabras y cambió de lenguaje, cambió de medio. Pensaba que era la más dulce
melodía tocada con un tacto y una destreza más que envidiables sobre el
instrumento más delicado. Ella era el agua que apagaba su fuego interior, ella era música,
así que, ¿qué mejor, si no, que hablarle en su propio dialecto?
La música empezó a fluir y, sin más, él se alejó de
absolutamente todo lo que le rodeaba.

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