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miércoles, 17 de abril de 2013

No Somos Nada Pt. 2



Lo último que recordaba Dutch era a aquél hombre encapuchado con voz profunda y elocuente, un cadáver en el suelo y una silueta como la de un niño que su repentino desmayo no le ayudó a distinguir.

Cuando despertó, estaba atado de pies y manos a una silla de madera, y amordazado; todo al más puro estilo Hollywoodiense.

El cuarto en el que se encontraba era de un tamaño bastante grande y completamente vacío a excepción de una mesa. Había una ventana por la que se entreveía la luna llena en su apogeo sobre un paisaje boscoso.

A Dutch no le resultaba familiar el lugar que sus ojos veían; no era la casa señorial que había encontrado esa noche, no era ningún lugar conocido y eso le confundía.

Pensó en gritar, en sacudirse, en formar el alboroto más grande que pudiera y así quizás, con suerte alguien le oiría.

Cuando cogió aire para gritar lo recordó todo de nuevo: la sangre, el cuerpo inmóvil, la silueta y el hombre encapuchado. Decidió que era una completa estupidez gritar, el hombre de la capucha tenía pinta de no andarse con bromas y esa no sería de su agrado, desde luego. Además estaba amordazado, solo podría hacer ruidos y no se había fijado. El pánico nos impide pensar con claridad.

Oyó unas maderas crujiendo bajo los pies de alguien, alguien que se acercaba hacia él.

Su corazón iba a salírsele del pecho, él podía sentir como golpeaba su caja torácica con una fuerza que le hacía entrecortar su respiración hasta el punto en que se ahogaba.

La puerta se abrió y allí estaba el hombre de la capucha, alto, oscuro, el hielo era caliente a su lado.

Dejó el cuchillo que llevaba (con el que podría cortar una extremidad de un corte si se aplicaba la fuerza adecuada) sobre la mesa, se acercó a quitarle la mordaza y con una voz dura como el acero, dijo:



-Muy bien, capullo, debes estar confuso, muy confuso, así que escúchame bien…

De momento me perteneces. Eres absolutamente mío, no me importa si es con o contra tu voluntad. Podría haberte matado mientras estabas en el suelo tan indefenso como un recién nacido, echándote la siesta delante de alguien con un cuchillo y muy mala leche…

Estaba muy cerca de él, demasiado, y Dutch hizo algo de lo más sensato tras escuchar esas palabras: le escupió.

El encapuchado blasfemó, se limpió la chaqueta y le asestó a su rehén un gancho en la cara que tiró a éste al suelo.

-         Eres un cabrón insolente, ¡pero tienes huevos! Me caes bien hijo de la gran puta.

 Le asestó una patada en el estómago y Dutch se retorció.

-         Esta va a ser tu primera lección: aguantar el dolor. Voy a enseñarte a ser un hombre y no un adulto con pañales como la mayoría. Vas a cagar sangre, aunque me lo agradecerás… ¿Pero qué modales son estos? Aún no te he preguntado tu nombre.

-         Me llamo… Me llamo Dutch. Dijo con la voz apagada y tosiendo por el dolor de estómago.

-         Muy bien Dutch, yo soy tu Jefe, tu Dios, tu Salvación y tu Muerte. Trátame como te imaginas que debes hacerlo, o te clavaré un hierro candente en el ojo a la  más mínima que me toques las pelotas, engendro inútil.

-     Pero… ¿Por qué…?

El encapuchado pateó nuevamente a Dutch, que se volvió a retorcer de dolor.

-         Ya tendrás ocasión de hacer todas las preguntas que quieras, a su debido tiempo, Dutch, ¡tómatelo con calma!

Se quitó la capucha, cruzaron sus miradas y pudo ver como su rehén era presa del más escalofriante pánico mientras clavaba sus ojos verdes en los suyos.

Le soltó una de las manos y, con una sonrisa, se la estrechó.

-Encantado de conocerte, por cierto, soy Crow.

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