Lo último que recordaba
Dutch era a aquél hombre encapuchado con voz profunda y elocuente, un cadáver
en el suelo y una silueta como la de un niño que su repentino desmayo no le
ayudó a distinguir.
Cuando despertó, estaba
atado de pies y manos a una silla de madera, y amordazado; todo al más puro
estilo Hollywoodiense.
El cuarto en el que se
encontraba era de un tamaño bastante grande y completamente vacío a excepción
de una mesa. Había una ventana por la que se entreveía la luna llena en su
apogeo sobre un paisaje boscoso.
A Dutch no le resultaba
familiar el lugar que sus ojos veían; no era la casa señorial que había
encontrado esa noche, no era ningún lugar conocido y eso le confundía.
Pensó en gritar, en sacudirse,
en formar el alboroto más grande que pudiera y así quizás, con suerte alguien le
oiría.
Cuando cogió aire para
gritar lo recordó todo de nuevo: la sangre, el cuerpo inmóvil, la silueta y el
hombre encapuchado. Decidió que era una completa estupidez gritar, el hombre de
la capucha tenía pinta de no andarse con bromas y esa no sería de su agrado, desde
luego. Además estaba amordazado, solo podría hacer ruidos y no se había fijado.
El pánico nos impide pensar con claridad.
Oyó unas maderas crujiendo
bajo los pies de alguien, alguien que se acercaba hacia él.
Su corazón iba a salírsele
del pecho, él podía sentir como golpeaba su caja torácica con una fuerza que le
hacía entrecortar su respiración hasta el punto en que se ahogaba.
La puerta se abrió y allí
estaba el hombre de la capucha, alto, oscuro, el hielo era caliente a su lado.
Dejó el cuchillo que
llevaba (con el que podría cortar una extremidad de un corte si se aplicaba la
fuerza adecuada) sobre la mesa, se acercó a quitarle la mordaza y con una voz
dura como el acero, dijo:
-Muy bien, capullo, debes
estar confuso, muy confuso, así que escúchame bien…
De momento me perteneces.
Eres absolutamente mío, no me importa si es con o contra tu voluntad. Podría
haberte matado mientras estabas en el suelo tan indefenso como un recién
nacido, echándote la siesta delante de alguien con un cuchillo y muy mala
leche…
Estaba muy cerca de él, demasiado, y
Dutch hizo algo de lo más sensato tras escuchar esas palabras: le escupió.
El encapuchado blasfemó,
se limpió la chaqueta y le asestó a su rehén un gancho en la cara que tiró a
éste al suelo.
-
Eres un cabrón
insolente, ¡pero tienes huevos! Me caes bien hijo de la gran puta.
Le asestó una patada en el estómago y Dutch se
retorció.
-
Esta va a ser tu
primera lección: aguantar el dolor. Voy a enseñarte a ser un hombre y no un
adulto con pañales como la mayoría. Vas a cagar sangre, aunque me lo agradecerás…
¿Pero qué modales son estos? Aún no te he preguntado tu nombre.
-
Me llamo… Me llamo Dutch.
Dijo con la voz apagada y tosiendo por el dolor de estómago.
-
Muy bien Dutch, yo
soy tu Jefe, tu Dios, tu Salvación y tu Muerte. Trátame como te imaginas que
debes hacerlo, o te clavaré un hierro candente en el ojo a la más mínima que me toques las pelotas, engendro
inútil.
- Pero… ¿Por qué…?
El
encapuchado pateó nuevamente a Dutch, que se volvió a retorcer de dolor.
-
Ya tendrás ocasión de
hacer todas las preguntas que quieras, a su debido tiempo, Dutch, ¡tómatelo con
calma!
Se
quitó la capucha, cruzaron sus miradas y pudo ver como su rehén era presa del más
escalofriante pánico mientras clavaba sus ojos verdes en los suyos.
Le
soltó una de las manos y, con una sonrisa, se la estrechó.
-Encantado de conocerte,
por cierto, soy Crow.

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