Apretó el puño con una fuerza
inhumana, ejerció tal presión sobre su mano izquierda que esta quedó entumecida,
corroída por el más inmenso odio.
Por sus venas corría fuego
a un ritmo muy acelerado, el más vivo, grande y caliente de ellos. Un fuego
abrasador que envolvía todo su cuerpo, que haría cenizas todo aquello que
hubiera a su paso u osase interponerse entre él y su finalidad.
Entre sus sienes oía el
sonido envolvente de miles de tambores tocando al unísono, y parecía que estos
fueran a hacerse añicos en un solo parpadeo.
Rojo sangre.
Ese era el tono que
adquirían sus ojos en aquél momento, y no había duda alguna: parecía un
verdadero demonio, un ser depravado, vil y sediento de sangre.
Su expresión facial
recordaba a la de un animal, a la fiera más salvaje que existiese.
Todo esto podría resumirse
en una única palabra, en un único sentimiento: ira, la más inconmensurable de
ellas.
Parecía como si aquel horrible ser estuviera
a punto de estallar.
Pero de repente se vio un
halo de luz bajar hacia él.
Entonces, llegó la calma.
Todo pasó a estar tranquilo, su mano al
fin ya era libre de su furia y pudo relajarla.
Su pulso descendió
considerablemente y en su cabeza se hizo el silencio. Sus ojos se apagaron,
volvieron a su color castaño y de nuevo, su cara era la de un ser cuerdo.
¿Qué era ese halo, esa luz
que esclareció las tinieblas de su camino? ¿Era un vago recuerdo? ¿Algún Dios
perdido entre los avernos?
No era otra cosa que su
voz interior, no fueron voces celestiales ó ningún otro tipo de fuente divina,
sino su reflexión y su esperanza.
¿Qué iba a conseguir
prendiendo el candente fuego de la ira? Ese era un camino lleno de afiladas
piedras y senderos estrechos, definitivamente el peor.
Así que dio la espalda a
aquella llama que intentó quemarle y solo hizo dos cosas: cerrar los ojos y
dejar su mente en blanco.
Así quizás…
Quizás lograra soñar de nuevo.

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